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Los terremotos tienen su origen a cierta profundidad en un punto denominado hipocentro. A partir de allí, las ondas sísmicas se propagan en todas direcciones. El punto proyectado en la superficie, directamente sobre el hipocentro, se denomina epicentro.


Figura 1.

El plano a lo largo del cual se mueven los bloques de corteza se designa como falla. Un escarpe de falla es la ruptura que produce la falla en la superficie, pero no siempre se presenta. A las fallas que no evidencian haber roto la superficie cuando ocurre un sismo se les denomina fallas ciegas y son quizás de las más peligrosas porque no hay muestras visuales de su existencia.

Una falla ciega que se encuentre bajo una zona urbana, como la que se muestra en la Figura 2, puede generar un sismo de magnitud 6 a poca profundidad y provocar cuantiosos daños debido a su cercanía con la ciudad. Esto fue exactamente lo que sucedió en Nueva Zelanda en el año 2011 (http://www.lis.ucr.ac.cr/index.php?id=214).


Figura 2.

La zona donde se producen los terremotos es compleja desde el punto de vista de los materiales que la constituyen.

A lo largo de toda falla se encuentran zonas que poseen una mayor concentración de energía que otras. Por ejemplo, en la Figura 3 las zonas donde hay mayor energía almacenada se muestran de color rojo mientras que aquellas en las que hay poca energía se representan de color azul. Luego de un terremoto, las zonas de color rojo serían las que habrán aportado mayor cantidad de movimiento a la falla que las de color azul. En otras palabras, toda la energía sísmica será aportada por esas zonas de color rojo que reciben el nombre de asperezas.

Tal y como se muestra en el ejemplo de la Figura 3, el hipocentro no tiene que estar necesariamente dentro de una aspereza. El hipocentro es el punto donde se inicia la ruptura y a partir del cual se propagan las ondas, pero este no es necesariamente el punto desde donde se irradia la mayor cantidad de energía de un terremoto.


Figura 3.